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Del autoconocimiento, el e-learning y las soft skills
José Enebral
Fernández (España)*
El mayor evento americano sobre tecnología
educativa inicia sus actividades en los Estados Unidos. Conversamos
con su máximo responsable, Elliott Masie, uno de los especialistas
más respetados en el mundo del e-learning.
Durante
décadas, los titulados y directivos, sobre todo de grandes
empresas, hemos venido asistiendo a numerosos seminarios sobre
temas como “participación en reuniones”, “presentaciones
efectivas”, “comunicación”, “trabajo
en equipo” o “liderazgo”, sin que hayamos experimentado
visible mejora en nuestro desempeño profesional. Es verdad
que, en general, no se esperaba gran cosa de estas breves acciones
aparentemente formativas; pero ahora, en los tiempos que corren,
sí parece precisa una sensible mejora del desempeño,
quizá precisa o especialmente en lo referido al lado humano
del management. Podemos considerar que han pasado ya cien años
desde los trabajos de Taylor sobre el management científico.
Desde entonces, sin que este aspecto haya naturalmente desaparecido
(pensemos, por ejemplo, en la postulada reingeniería de
procesos), el otro –el aspecto humano– ha ido adquiriendo
creciente importancia. Esta evolución, acelerada quizá por
el competency movement, ha ido destapando algunas posibles carencias.
Ahora,
en la escena neosecular, son varios los elementos que empujan al
individuo a su permanente desarrollo: al aprendizaje continuo
a lo largo –y lo ancho– de su vida. En nuestra andadura
profesional nos mueve la competitividad (tanto entre empresas como
entre personas), pero nos mueve también la necesidad de
realización o la mera legítima ambición. En
el caso de los directivos, puede que su asignatura pendiente sea
la dirección de personas (incluida la propia: el self-management),
salvando a los que se salven y sin hablar de los que pudieran tener
más asignaturas suspensas.
En este siglo XXI disponemos de
más medios para el desarrollo
profesional y también de más pistas; el competency
movement (impulsado, como se sabe, por McClelland) ha venido a
abrirnos los ojos al respecto. Ya vamos sabiendo en qué competencias
tiene que avanzar el directivo para mejor contribuir a los resultados
colectivos, con independencia de la actividad de su empresa. Ya
vamos identificando la importancia del pensamiento conceptual,
de la perspectiva sistémica y holística, de la capacidad
de análisis y síntesis, de la intuición bien
entendida, del dominio personal, de la empatía, de la energía
(sin perjuicio de la paz) interior, de la influencia, de la proactividad,
de la visión de la realidad, de la flexibilidad, de la resistencia
a la adversidad, de la generosidad, de la integridad, de la serendipidad,
de la perseverancia, del savoring, de la mindfulness... Todo esto,
bien interpretado, sin adulteraciones, era ya importante en el
pasado, pero no reparábamos tanto en ello. Y también,
todo esto, puede mejorar sensiblemente si nos lo proponemos.
Al
hablar de cursos o acciones formativas para el aprendizaje permanente,
se diría que ya no cabe, por ejemplo, hablar
tanto de “dirección y participación en reuniones”,
como de las técnicas (alegación, indagación,
escucha activa...) de conversación inteligente y penetrante;
ya no cabe hablar tanto de “comunicación” o “negociación”,
como de autocontrol, empatía, mindfulness, cooperación
y establecimiento de vínculos; ya no cabe hablar tanto de “análisis
y resolución de problemas funcionales”, como de perspectiva
sistémica-holística, y pensamiento analítico-sintético;
ya no cabe hablar tanto de liderazgo, como de purpose, bien común,
shared vision, evolución de los modelos mentales y autoridad
moral. En cierto modo, ha mejorado la capacidad de nuestro particular
microscopio, y vemos cada una de las partes donde antes apenas
veíamos el todo. O puede ser que lo esotérico deba
ya pasar al campo de lo exotérico, en beneficio del auténtico
desarrollo...
Si antes, en los cursos sobre desarrollo de reuniones,
nos hablaban de la convocatoria, de la agenda, de la preparación, de
los objetivos, de las conclusiones..., ahora nos tendrían
que hablar del pensamiento reflexivo, de las inferencias, del equilibrio
entre la indagación y la alegación, de los diferentes
propósitos con que los directivos se reúnen, de los
problemas y emociones subyacentes, de sinergia y objetivos compartidos,
del espíritu de pertenencia, de la suspensión del
poder formal, de la presencia auténtica, de la intuición,
de la confianza, de la escucha...
Surgen habilidades o competencias
más concretas, más
definidas; podríamos hablar de microcompetencias y de microaprendizaje,
pero no nos engañemos: lleva bastante tiempo el mejorar
estas habilidades cognitivas o emocionales específicas,
por no hablar de las actitudes y conductas. Lleva cierto tiempo,
pero nos parece que es el único camino para la mejora sensible.
No hemos avanzado mucho con los seminarios clásicos, a los
que, por cierto, acudíamos con diferentes actitudes y propósitos:
• por imperativo de la empresa o del jefe;
• para oxigenarse, dejando unos días
el puesto de trabajo;
• para mejorar el expediente o currículo
personal;
• para relacionarse;
• para aprender.
Podría haber alguna razón más matizada, pero
lo normal es que uno, en los años 80 y 90 asistiera a los
cursos, movido por una mezcla de los citados ingredientes, y que
las expectativas de calidad se correspondieran, en alguna medida,
con estas razones. Queríamos destacar el deseo de aprender,
pero como no nos atrevíamos a ponerlo en primer lugar, lo
hemos puesto en el último.
Probablemente, a la formación técnica se acudía
sobre todo a aprender —la quinta, y aparentemente más
legítima, razón—, pero en la tradicional formación
en habilidades para titulados y directivos se mezclaban diferentes
motivos: no nos engañemos. Ahora, sin embargo y como ya
hemos convenido, el panorama neosecular invita a un efectivo aprendizaje
y desarrollo permanente en relación con nuestro ejercicio
profesional. A uno –a este articulista– le llegó el
mantra del aprendizaje permanente a principios de los 90, trabajando
en Alcatel y a través de su presidente, Miguel Canalejo.
Tardé, empero, varios años en digerirlo, e intentar
recuperar el tiempo perdido. Un poco creo haber recuperado, pero
he sido lento en el autoconocimiento y lo confieso.
Autoconocimiento
y autoengaño
En efecto, algo fundamental nos sigue fallando
y había
que decirlo ya: el autoconocimiento. Sin él, no cabe pensar
en la mejora, pero lo cierto es que, siendo inexcusable en los
directivos, en este colectivo, como en otros, se echa de menos;
no siempre, pero a menudo. El mandato délfico está vigente:
Gnothi Seauton. (Parece, por cierto y como recordará el
lector, que el autoconocimiento era paralelamente postulado por
un famoso contemporáneo de Confucio, Sun Tzu, en el estado
de Wu, de la antigua China). Es importante que seamos conscientes
de nuestras fortalezas y debilidades en materia de conocimientos,
habilidades, atributos de carácter, sentimientos, creencias
(modelos mentales), actitudes, conductas... Es importante, pero
cuando nos falla el autoconocimiento no solemos ser conscientes
de que nos falla. Quizá deberíamos ser más
receptivos al feedback de buena fuente, y más detenidos
en la reflexión autocrítica, lentificando las inferencias.
Son
muchos los expertos que insisten en la importancia que para los
directivos adquiere la conciencia de sí mismos; por
ejemplo, los estudiosos de la inteligencia emocional: Bar-On, Salovey,
Mayer, Goleman, Boyatzis, Caruso, Cooper, Sawaf, Parker, Handley,
Higgs, Dulewicz… Para ellos, el conocimiento de uno mismo
(self-awareness) constituye una importante dimensión de
la inteligencia. En definitiva, una persona emocionalmente inteligente,
además de relacionarse bien con los demás y comprenderlos
(habilidades interpersonales), se conoce y se “relaciona” bien
consigo misma (atributos intrapersonales). También apuntan
al autoconocimiento y a la confianza en uno mismo, los expertos
en liderazgo empresarial: Drucker, De Pree, Bennis, Kotter, Kouzes,
Posner, Rost, Conger, Tichy... Difícilmente se podrá confiar
en un directivo si él mismo no lo hace, o si lo hace sin
haber superado la asignatura del autoconocimiento (y pasar luego
revisiones periódicas).
A menudo se habla del “autoengaño”, refiriéndonos
al peligro de poseer una exagerada visión de nuestras capacidades
y quizá una cierta ignorancia de nuestros defectos y excesos.
Parece un riesgo entre personas que han destacado sensiblemente
en alguna actividad, porque algunos podrían pensar que son
buenos para casi todo. Hablando, como estamos haciendo, de los
directivos, el haber tenido algún éxito importante
presume quizá, pero no asegura necesariamente, éxitos
posteriores. Como tampoco cabe pensar que, por saber más
de algo, se sabe más de todo. Sin duda, ha de hacerse una
buena gestión de éxitos y fracasos; pero también
una buena digestión, para estar en condiciones de pasar
la siguiente revisión periódica del autoconocimiento.
Autoengañarse (como consecuencia de éxitos anteriores)
puede llevar a los directivos a disfunciones como: la incapacidad
para reconocer errores, la arrogancia, la sed de poder, el rechazo
a las críticas, narcisismo, persecución de objetivos
poco realistas, huida hacia arriba, jactancia, necesidad de parecer
perfecto, hábito de trabajo compulsivo, y juicio a las personas
en términos de blanco/negro.
Según Robert E. Kaplan, un directivo con estos rasgos está orientado
al fracaso, aunque estos mismos rasgos sean resultado de una mala
digestión de éxitos anteriores. Pero un directivo
que se conozca bien a sí mismo difícilmente se caracterizará por
esta torpeza emocional. Nosotros no hemos hecho ningún estudio
formal que lo demuestre, pero creemos que los directivos sinceros
también lo suelen ser consigo mismos; no es que el autoengaño
sea deliberado, pero nos ha parecido que los directivos (son minoría)
que hacen de la mentira, el cinismo o aun la corrupción,
cotidianas herramientas de gestión, tienen, en general,
una equivocada noción de sí mismos. Los íntegros,
por el contrario, parecen conocerse algo mejor, aunque sin aproximarse
siempre a lo ideal: ya hemos sugerido que el mandato en que tanto
insistió Sócrates sigue vigente.
Micro-soft-learning
Sin permiso de Gates, y teniendo poco que ver
con la informática,
no sabíamos cómo bautizarlo: llámenlo como
quieran. No se trata tanto de adquirir conocimientos como de adquirir
el autoconocimiento. De adquirir el autoconocimiento de manera
progresiva mientras, paralelamente, nos vamos sensibilizando hacia
la mejora de nuestro perfil soft, y dando los primeros pasos. Daremos
pasos p´alante y algún paso p´atrás,
pero, poco a poco, llegaremos a una mejora sensible, de la que
se beneficiará el entorno y nosotros mismos. Lo primero
que hemos de saber es cómo somos y cómo nos gustaría
ser para tener más éxito en nuestro desempeño
profesional. “Esfuérzate en ser lo que quieres parecer”,
nos decía también Sócrates. Nada fácil
esto. No basta con cultivar la imagen y el ego, aunque supuestamente
se haga en beneficio de la empresa; no basta con contener las emociones
y gestos; no basta con seguir los códigos de indumentaria;
no basta con hacer, cada día, el papel de directivo atareado;
no basta con tener vela en diferentes entierros. Ni siquiera basta
con ser un buen gestor, diligente y comprometido.
Si saben disculparme
el tonillo adoctrinador, los directivos han de generar el mejor
desempeño propio, pero también
el de sus colaboradores, siempre en alineamiento con los objetivos
colectivos de la organización. Han de atender al desempeño
y desarrollo de todos sus colaboradores, y no sólo de sus
favoritos. Han de contribuir a un deseable clima de legítima
satisfacción profesional, sustentada en los logros y la
realización de las personas. Su esfuerzo ha de orientarse
a los resultados colectivos y no a fines perversos; no al servicio
de intereses espurios. Los directivos han de ser muy conscientes
de lo que saben y lo que les falta por saber, pero también
de su nivel de inteligencia, tanto cognitiva como emocional o social.
Han de ser conscientes de sus creencias o modelos mentales, de
su escala de valores, de sus actitudes, de sus conductas. Han de
ser conscientes de su posición entre la integridad y la
corrupción; de su situación entre los intereses individuales
y los colectivos...
Quizá debamos mirarnos con lupa –mejor con microscopio– y
asegurarnos, mediante el feedback de buena fuente, de que andamos
bien de la vista: de que vemos la realidad: la realidad de lo que
somos. Debemos conocer nuestras microfortalezas (las claves de
nuestras fortalezas visibles) y nuestras microdebilidades (las
claves de nuestras debilidades). Debemos examinarnos con la referencia
de nuestro perfil profesional ideal, y tomar conciencia plena de
las ventajas que se derivan de él y de los riesgos correspondientes
a nuestros defectos y excesos. Todo ello a nivel micro, en profundidad.
Nos parece que lo que más se nos escapa son los rasgos soft.
Atendamos más y mejor a los rasgos soft que nuestro desempeño
profesional nos exige. Podemos atender a todos, pero con prioridad
a aquellos que demanda nuestro ejercicio profesional. Perdonen
por lo de “micro-soft-learning”, que era una forma
de identificar el learning por su fondo, por su contenido. A continuación
hablaremos de e-learning, que identifica el learning por la forma,
por el vehículo, tan de nuestros días, en que se
produce.
E-learning y soft skills
El autoconocimiento es necesario y el aprendizaje
permanente, inexcusable. Aquí vale cualquier método, pero como
el e-learning parece un principio de avalancha, hablemos de él.
Ya hemos dicho que lleva tiempo mejorar nuestras soft skills, y
añadimos que su desarrollo demanda métodos diversos
(blended learning, o b-learning, si se quiere decir así),
sin excluir al coaching si se dispone de un buen coach.
Para el
desarrollo de soft skills, las grandes empresas están
poniendo en red cursos de breve duración (“píldoras”,
los llaman): “iniciativa”, “creatividad”, “pensamiento
sistémico”, “compromiso”, “influencia”, “liderazgo”, “pensamiento
conceptual”, “gestión de conflictos”, “crear
relaciones de confianza”, “empatía”, “optimismo
y energía interior”, “desarrollo de colaboradores”, “dominio
personal”... Ya se ve que todo esto se deriva de la gestión
por competencias, en buena medida concurrente con la implantación
del e-learning.
Sabemos que estos breves cursos on line no pueden
hacer milagros, pero uno sí puede quedar con la impresión de que
ha aprovechado el tiempo. En unas pocas horas, uno puede tomar
conciencia del verdadero significado de estas competencias, para
autoevaluarse mejor. Y puede adquirir las claves para una posterior
progresiva mejora. Claro, este resultado demanda un diseño
didáctico de calidad; un diseño que no sean palos
de ciego; un diseño que atraiga y sostenga el interés
del usuario; un diseño del contenido que sea acorde con
la estrategia y las necesidades de la organización. Si estas
píldoras on line no están bien concebidas, no sólo
no avanzaremos en el autoconocimiento y el desarrollo personal,
sino que desconfiaremos del método electrónico, ya
de por sí en entredicho.
Son muchas las voces que descartan
el e-learning para el desarrollo de soft skills (habilidades cognitivas,
emocionales y mixtas, valores,
modelos mentales...), pero, a este fin, este articulista no desestima
los buenos libros, ni los buenos artículos, ni tampoco los
buenos diseños multimedia interactivos on line (u off line).
No será suficiente, pero el e-learning puede ser un buen
primer paso, como lo sería también una buena conferencia.
El e-learning posee, además, las ventajas que ya todo el
mundo conoce. Insisto: hablo de un e-learning de calidad, de suficiente
calidad didáctica; que no constituya una burla para la inteligencia
del usuario, que ensanche sus horizontes. Uno debe conocer a fondo
la anatomía de la empatía, o de la integridad, o
de la creatividad, o del compromiso, o del pensamiento holístico
y sistémico..., para saber en qué punto se halla
y en cuál debería o querría estar.
En lo que
se refiere a soft skills, el e-learning puede contribuir a la cimentación del aprendizaje, y aun a llegar a cierta
altura de edificación; pero el e-learning no es más
que un método, un continente. Es el contenido el que sustancia
nuestra modesta opinión: unos buenos contenidos de e-learning
serán tan bien recibidos y celebrados por los usuarios,
como mal recibidos los malos contenidos.
Uno cree, en general, que
los continentes se deben adaptar a los contenidos, y no éstos a aquéllos; pero éste
parece un debate abierto que adquiere volumen en el caso del e-learning.
En España hay empresas y proveedores que relativizan la
importancia de los contenidos de cara a la consecución del
aprendizaje, pero también hay grandes empresas y otros proveedores
que parecen apostar por la calidad del e-learning, en beneficio
del aprendizaje y de la propia consolidación del método.
*José Enebral Fernández es
Consultor de e-Learning y Recursos Humanos. Su vida laboral ha transcurrido
en la compañía Alcatel y en la consultora FYCSA. En
los últimos años ha diseñado cursos on-line
para directivos sobre competencias emocionales y cognitivas. Actualmente
reside en Madrid, España.
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