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El
lenguaje de los chats, entre la subversión y la diversión
Joan
Mayans i Planeéis*
Los chats han entrado de lleno en nuestras
vidas. Tanto si participamos en ellos como no. A nadie escapa su
insistente presencia como reclamo en campañas publicitarias,
su aparición en las tramas de películas y teleseries
y su infalible centelleo en cualquier portal y en muchas páginas
web de contenido diverso. Los chats se convierten en algo de lo
que muchos hablan y sobre lo que muchos tienen ya una opinión,
una experiencia o una historia que han oído y les ha impresionado.
Son un referente común y socialmente compartido, aunque,
en realidad, el grado en que se los conoce, masivamente, es apenas
superficial. Su importancia en el desarrollo de comunidades virtuales,
suele ser fundamental.
Realizar un cálculo fiable sobre la cantidad de gente que
'chatea' resulta complicado. Lo único realmente seguro es
que ésta es una práctica social espectacularmente
al alza. Según los datos combinados que se desprenden de
los últimos Estudios Generales de Medios y, en particular,
de las tres macroencuestas sobre Internet realizadas por la Asociación
para la Investigación de los Medios de Comunicación,
podemos jugar con varias cifras, siempre con mucha cautela.
Así, en la primera macroencuesta (realizada entre octubre
y noviembre de 1996), un 16,2 % de los usuarios de Internet dicen
haber utilizado, en su última sesión, "discusiones
interactivas, chats y/o IRC". En la segunda (entre abril y
mayo de 1998), hasta un 29,9 % responden a esta descripción.
En la tercera y última disponible (octubre y noviembre de
1999), este dígito cae al 27,2 %. Observamos, pues, que el
'boom' de los chats se produce a partir de 1997.
Si cruzamos estos datos de la AIMC con los que proporciona el Estudio
General de Medios sobre la penetración de Internet en España,
comprendemos que el incremento del que estamos hablando es aún
más significativo. El EGM calcula que los usuarios más
o menos habituales de Internet han pasado de 526.000 (en el momento
en que la AIMC realiza su primera encuesta) a 2.830.000 (cuando
se realiza la tercera y última). Este baile de números
nos lleva a inferir que, para finales del pasado año, más
de una cuarta parte de los casi tres millones de usuarios habituales
de Internet españoles se conecta, con diversas frecuencias,
a "discusiones interactivas, chats y/o IRC". La vaguedad
del enunciado es evidente, pero la conclusión a la que podemos
llegar resulta impresionante: hay más de setecientos mil
usuarios de chats y variantes similares en España.
Los datos son fiables, pero las lecturas a qué conducen no
son unívocas. Por ello cabe afinar, para que resulten ilustrativos.
Así, tan sólo una cuarta parte de los encuestados
de 1999 dice no entrar nunca en "discusiones interactivas,
chats y/o IRC". Otra cuarta parte dice no entrar "casi
nunca". Por otro lado, un 16,5 % de los encuestados afirman
utilizar estos servicios "varias veces por semana" y más
de un 6 % lo hace "varias veces al día". Esto nos
lleva de nuevo a hablar de más de seiscientos mil usuarios
habituales de estos entornos.
Todo esto se refiere a una dimensión absoluta, con un margen
de error importante. No obstante, si nos movemos en ámbitos
más concretos, los datos son igualmente espectaculares, a
la par que más fidedignos. Así, la red de chat IRC
Hispano, la más concurrida del Estado, acaba de superar la
cifra de diez mil personas conectadas simultáneamente. De
hecho, sus cotas máximas no han parado de crecer durante
todo el año 2000, a un ritmo reseñable: 7160 (3 de
Enero); 7322 (5 de Enero); 8364 (15 de Enero); 8718 (5 de Febrero);
8912 (25 de Febrero); 9286 (10 de Marzo); 9477 (17 de Marzo); 9701
(24 de Marzo) y, finalmente, 10145 (31 de Marzo). Hasta ahí
llegan nuestros datos. El aumento en menos de cuatro meses es superior
al 41 %. Diez mil personas comunicándose simultáneamente,
en total accesibilidad, a sólo un par de 'clicks' de distancia.
Diez mil personas tecleándose palabras las unas a las otras.
No queremos insistir más en áridas cifras. Los parámetros
de comparación no son claramente equiparables. No obstante,
son dígitos lo suficientemente indicativos para que salte
a la palestra la importancia social que los chats están adquiriendo
día a día. Las nuevas ofertas de conexión privada
y las campañas publicitarias que están llevando a
cabo los llamados 'portales de Internet' -en las que el peso del
servicio del chat es evidente- hacen que todo esto esté entrando
en una fase de crecimiento aún más espectacular.
La lengua de los chats: consideraciones iniciales
Diez mil personas tecleándose palabras las unas a las otras...
¿Se imaginan lo qué puede ser de esas 'palabras'?
Más de un sesudo filólogo o lingüista se mesaría
las barbas con nerviosismo al observarlo. Alguno no dejaría
de mirarlo con justificado interés. Los chats son un laboratorio
social de bulliciosa actividad. Y esa actividad tiene por única
materia prima el código ASCII, los 128 o 256 símbolos
gráficos representables mediante el teclado de un ordenador.
Nada, en comparación con la infinidad de matices representables
por el tono de voz, la cadencia, la musicalidad, los gestos, la
mirada o lenguaje proxémico presentes en toda conversación.
Pero lo bastante para hechizar a magnitudes considerables de usuarios.
Unos usuarios que son conscientes de la ausencia de todas esas características
presentes en la conversación oral. Y, por ello, unos usuarios
que se lanzan a la ardua tarea de conseguir representar sus emociones
y estados de ánimo a través de la estrechez del código
ASCII, para gloria u ocaso -según el parecer de cada cual-
de las estructuras lingüísticas en que se amparan. Las
características del medio son ineludibles, y condicionan,
de principio a fin, las interacciones verbales de los usuarios.
Predominan las estructuras gramaticales sencillas. La necesidad
de teclear deprisa, hace que las intervenciones sean cortas y que
la corrección ortográfica no se cuide en exceso. Muchos
usuarios afirman que, deliberadamente o no, intentan acercarse al
máximo a lo que para ellos es una conversación cotidiana.
Una conversación que tiene lugar dentro del registro 'oral'.
No obstante, la conversación acontece, de hecho, por escrito.
Lo cual es un fenómeno sin precedentes en la historia de
la comunicación popular. Esto da lugar a una situación
paradójica:
Por una parte, nos enfrentamos al más inorgánico y
espontáneo de los registros escritos. Resulta próximo,
desprovisto de convenciones y reglas gramaticales o, al menos, de
la obligación de su cumplimiento. La tradicional caracterización
distante del texto escrito se diluye ante la poca elaboración
de las frases y lo instantáneo de su llegada al o a los receptor/es.
Asimismo, la característica propiedad reflexiva del registro
escrito pierde enteros, ante la imposibilidad práctica de
revisar cada frase y el hecho de dividir lo que podría ser
una opinión o una exposición de pensamiento, en diversas
frases, entrecortadas por otros participantes, que hacen de la elaboración
de una opinión o pensamiento algo compartido, participativo
y escasamente lineal.
Quiere decir esto que al exponer un contenido en lengua escrita
y de forma convencional, estamos acostumbrados a poder revisar la
construcción formal (especialmente desde la llegada de los
procesadores de texto informáticos, que llevan esta posibilidad
al paroxismo perfeccionista absoluto) y a ir disponiendo los componentes
del argumento de forma consecutiva, progresiva y lineal. Sin embargo,
cuando esto es lo que pretendemos en un entorno como los chats,
el sistema de argumentación es más similar al de una
conversación oral: el contenido se improvisa más,
se distribuye fragmentado. En un chat no es conveniente hacer frases
o intervenciones muy largas, porque, tal y como ocurre en las conversaciones
orales, éstas pierden interés y atención del
público. Además, el factor del 'scroll' de pantalla
(movimiento del texto en la pantalla: las intervenciones van desplazándose
por la pantalla hasta desaparecer a medida que las nuevas van brotando)
también influye en que las construcciones gramaticales de
más de dos líneas sean poco eficaces. En esta peculiar
forma de construcción de un discurso intervienen las opiniones
y comentarios de la audiencia, interrumpiendo al 'ponente', apremiándole,
pidiéndole explicaciones, contradiciéndole o, incluso,
hablando, en paralelo, de otra cosa que nada tenga que ver.
De este modo, el discurso en un chat es una obra colectiva, fragmentaria
y vital. En ella participan, en su proceso de creación, varias
personas. A ello cabría añadir los que sólo
leen, ya sea por estar en otra/s conversación/es o por el
simple hecho de no querer participar activamente en la que está
en marcha. Los contenidos del discurso se dispersan y se redireccionan
por obra y gracia del medio, que favorece esta fragmentación.
Y su vitalidad y su espontaneidad, son fácilmente identificables,
por el carácter inmediato de su divulgación local.
Es, en definitiva, el más segmentado, participativo y 'oral'
de los registros escritos.
Por otra parte, tampoco cabe considerar que en los chats se dé
una mera transcripción de una conversación oral. Si
su falta de reflexividad, distancia y desorden estructural son notorios
en comparación con el registro escrito convencional, al compararlo
con un registro oral igualmente convencional, nos parecerá
todo lo contrario. El mero hecho de escribir -más que escribir,
teclear- las intervenciones les confiere una reflexividad, distanciamiento
y estructuración muy superiores a las del registro oral.
Todo lo que se 'dice' en un chat está mucho más 'pensado'
que lo que se dice en una conversación oral, dejando escasísimo
lugar para los 'lapsus lingüe'. A ello cabe añadir el
hecho de que, por el simple factor de que siempre se habla más
rápido de lo que se teclea, las intervenciones resultan más
sintéticas y van más directamente 'al grano'. Más
que en el registro oral y más, también, que en el
escrito, puesto que no hay lugar a una excesiva retórica
y prosopopeya.
De todas formas, a nivel comunicacional, la característica
que más aleja a los chats de las interacciones orales es
la ausencia de la información extra-lingüística,
tal y como la conocemos hasta hoy: la comunicación oral precisa,
como hemos dicho, de esa información: de los gestos, de la
entonación, de las miradas, de los cuerpos, del ruido ambiental,
del acento, de la cadencia de la voz, etc. Incluso en las conversaciones
telefónicas, donde los interactuantes no pueden recurrir
a la imagen física de su interlocutor, la función
comunicativa de los factores extra-lingüísticos es crucial.
Por ello, su ausencia, en los chats, es un factor determinante para
comprender e interpretar su funcionamiento.
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