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e-learning y los 7 pecados capitales
Fuente: Javier Martínez Aldanondo (GEC)*
Tercer pecado: Infocentrismo, la información por delante de las personas.
“No necesito saberlo todo. Tan sólo necesito saber dónde encontrar lo que me haga falta, cuando lo necesite”. (Albert Einstein)
Imagino que todos estaremos de acuerdo en que la educación no consiste en aprobar asignaturas. No se trata de aprehender sino de aprender y esto ocurre a base de experiencias y emociones y no de memorización de datos. ¿Alguien puede aprender a ser padre sin pasar por la experiencia de criar un hijo? Tomando prestado el término de Alfons Cornella, vivimos en la era de la infoxicación, es decir la intoxicación por información. Ante tal avalancha de datos, lo único que estamos logrando es pasar de formar a informar y acabar por deformar. En Internet no se navega, en Internet se naufraga. No nos hace falta MÁS información. Lo que le debemos pedir a un buen programa de aprendizaje es que permita al alumno realizar todas las acciones que la vida exige a un profesional de cualquier campo. En este punto tomo prestada una interesante reflexión de mi colega Sergio Vásquez:
En lo que respecta a la formación de profesionales existe una queja recurrente, a saber, que la formación de dichos profesionales dista mucho de ser eficaz. Es decir, no estamos produciendo profesionales que al terminar su formación sepan HACER aquello que se necesita para desempeñar bien el trabajo al que están destinados. La explicación a este fenómeno es sencilla: Nuestros sistemas de formación producen personas que tienen muchos conocimientos pero que no saben ponerlos en práctica en el día a día de las empresas y organizaciones. Y esto ocurre porque existe una gran distancia entre la teoría y los métodos enseñados en las aulas, por una parte, y la práctica cotidiana en el trabajo, por la otra.
El origen de este pecado de nuevo está relacionado con la manera en que tratamos de que las personas aprendan, que no tiene nada que ver con la manera en que las personas aprenden realmente. Como hemos explicado anteriormente, consideramos que enseñar es transmitir información (que inocentemente llamamos conocimiento) a través de clases donde el profesor "explica" cosas a sus alumnos. La misión de los alumnos es memorizar dicha información. Para saber si la han memorizado adecuadamente hacemos unos tests de memorización de información que llamamos "exámenes". Hay casos donde la formación incluye ejercicios de aplicación de los conocimientos memorizados.
La realidad es diferente, los exámenes no se hacen en papel, el mundo, la vida con sus retos es suficiente examen, de hecho es el mejor examen. Nuestra vida es de por sí una historia, llena de personajes con quienes nos relacionamos, roles que desempeñamos, decisiones que debemos tomar, etc. Los problemas no se pueden comprender intelectualmente, hay que vivirlos. En la vida las cosas no son tan sencillas como en un examen, no hay respuestas correctas, hay cosas que funcionan y cosas que no. La información no produce conocimiento si no hay práctica. Por tanto la memorización sin correspondiente experiencia no sirve de nada. ¿La vida es racional? ¿Las situaciones en que nos vemos envueltos tienen una explicación racional y una solución racional? Entonces ¿El aprendizaje debe ser sólo racional, intelectual? El conocimiento lo construye cada individuo a través de su experiencia cotidiana y no lo pierde al compartirlo. Por eso, refiriéndonos al conocimiento, decimos quién sabe de negociación (persona) y sin embargo cuando nos referimos a la información preguntamos donde está la información (cosa) sobre negociación. Para convertirse en un experto en un determinado campo, es imprescindible experimentar, acumular experiencia, acumular casos. Por eso un experto acaba siendo casi una especie de mago, un repositorio de casos, capaz de predecir lo que ocurrirá en determinadas situaciones simplemente por que ya las ha vivido. Como detallaré en el último pecado, el conocimiento no es lo que creemos que es, no se transmite en un libro, en un vídeo o en un curso. Y si ese conocimiento no desemboca en acción, en comportamiento, en definitiva, en desempeño ¿de qué le sirve a la empresa? Tiene que servir a los trabajadores para ayudar a gestionar y resolver los problemas cotidianos de sus puestos de trabajo.
Es una ilusión pensar que enviamos a nuestros empleados a hacer un curso en una empresa o en una universidad, y que al final del curso esa persona sabrá "hacer" lo necesario en la materia en cuestión: negociar, gestionar proyectos, comunicar, analizar finanzas, diseñar software, psicoanalizar a una persona, etc. Falso, nadie se convierte en un líder exitoso o en un gran vendedor por hacer un curso de liderazgo o leer un libro y asistir a un seminario de ventas. Se trata de una visión ingenieril del aprendizaje, como si fuese posible empaquetar el conocimiento en trozos e ingerirlo para convertirse automáticamente en un experto, como la poción mágica de Asterix. La analogía gastronómica sería fast food/fast training.
En el caso de la formación de profesionales, el infocentrismo postula implícitamente que si la información se ha transmitido correctamente, es decir, las explicaciones son claras, entonces la aplicación (o sea, la práctica) es obvia. Y el problema es que justamente la aplicación de los conocimientos adquiridos no es nada obvia.
Desde una lógica infocéntrica lo que se debe hacer es "empaquetar" información sobre un cierto tema para con ello hacer un "curso". Los cursos son entonces una sucesión de contenidos más o menos bien empaquetados, a los cuales se agregan una serie de ejercicios bastante triviales. El acento se pone en el recorrido del alumno a través de dichos contenidos, en el aspecto más o menos lúdico de ellos, y cada vez más en la ingeniería industrial de producción de dichos contenidos. No es de extrañar entonces que la industria de contenidos e-learning tienda estructuralmente a ofrecer productos estandarizados donde se compite por precios.
Hace ya algún tiempo que suena una frase muy simple. Aprender ya es una habilidad clave y va a ser LA HABILIDAD clave en el futuro. Claro que para enseñar a aprender, primero hay que aprender a enseñar y eso implica DESaprender, ser capaz de poner en duda lo que hasta hace poco se consideraba una certeza, mirar las cosas desde nuevos ángulos y perspectivas. Hay una estadística que señala que en los próximos diez años, el 80% de las tecnologías utilizadas hoy en día serán obsoletas y que en promedio, un ciudadano medio de nuestra generación se desempeñará en al menos 12 trabajos diferentes a lo largo de su vida.
¿Y cuál es el valor de la tecnología entonces? Tengamos presente que la capacidad de procesar información de los humanos es finita. En contraste los ordenadores nunca se aburren, están para hacer el trabajo sucio, no se enfadan con nosotros por mucho que nos equivoquemos. Además eliminan el miedo al fracaso y al ridículo y nos permiten recuperar el viejo modelo del Uno a Uno, Maestro – Aprendiz. Y ante todo, ofrecen la posibilidad de experimentar y simular situaciones reales, respetando diferentes estilos de aprendizaje y convirtiendo el proceso en algo entretenido. El desafío, la mayor parte de las veces, radica en cómo mantener a los alumnos interesados lo suficiente como para que no se aburran, no abandonen y aprendan algo. El famoso programa Barrio Sésamo fue pionero en este sentido y demostró que si lo hago entretenido y consigo atraer la atención del niño, estoy en inmejorable situación para que aprenda algo.
Hay una cuestión que me intriga ¿La formación presencial es perfecta, funciona excelentemente o hay gran margen de mejora? ¿Por qué nos metemos de lleno en el mundo del e-learning cuando no se ha innovado ni perfeccionado la formación presencial primero?
Una última distinción para finalizar. En este mundo tan acelerado, donde existe tan escasa diferencia entre los productos, sus precios e incluso los servicios asociados, lo que realmente va a marcar la pauta no es el conocimiento sino la inteligencia como capacidad de producir nuevo conocimiento de forma continuada. Es decir, la innovación. Para innovar y ser creativo hace falta libertad y que no te castiguen por errar ni te coarten la posibilidad de probar e intentarlo una y otra vez. Existen conocimientos, procesos, know how susceptibles de ser transferidos pero lo que siempre conservan los innovadores es la inteligencia y la inteligencia está en las personas que saben hacer las cosas bien para generar esos nuevos conocimientos. Esta es la diferencia entre la promoción de la economía de la inteligencia y una economía del conocimiento. Sólo nos ocupamos de educar la cabeza, aunque los seres humanos tenemos una capacidad física muy similar. Sin embargo la voluntad está sobre todo en el corazón. Para aprender hay que soltar la certidumbre y hay que QUERER aprender. La clave no está en el intelecto, está en las emociones que son el eje fundamental en nuestro quehacer y nuestra conducta.
“La razón es poco convincente”. (Borges)
Cuarto pecado: Los colegios y universidades saben lo que necesitamos aprender para vivir en la sociedad del siglo XXI. |